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Observación del cerebro humano en tiempo real

Acerca del artículo

Autor: Manuel Calvo Hernando
Año: 2006

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NUEVAS TECNICAS DE EXPLORACIÓN CEREBRAL POR LA IMAGEN

¿QUÉ NOS INDUCE A CREER QUE TENEMOS LIBRE ALBEDRÍO?



El su libro El periodismo canalla y otros artículos, el conocido escritor y periodista norteamericano Tom Wolfe cuenta que no hace mucho tiempo oyó hablar por vez primera de la revolución digital, en una conferencia que el cofundador de la revista Wired Louis Rossetto, habló del científico jesuita Pierre Teilhard de Chardin, quien hace cincuenta años profetizó que la radio, la televisión y los ordenadores crearían una “noosfera”, una membrana electrónica que cubriría la Tierra y conectaría a toda la humanidad a través de un único sistema nervioso. La situación geográfica, las fronteras nacionales, los antiguos conceptos del mercado y de los procesos políticos perderían toda relevancia. Con Internet extendiéndose por el mundo a un ritmo vertiginoso, ese maravilloso momento está prácticamente a la vuelta de la esquina.

Es posible, comenta Tom Wolf, quien intuye que dentro de diez años, en el 2010, el universo digital parecerá insignificante comparado con un nuevo invento tecnológico que por el momento no es más que un tenue resplandor procedente de unos pocos hospitales y laboratorios estadounidenses y cubanos. Se llama exploración cerebral por la imagen y consiste en una serie de técnicas que permiten observar el funcionamiento del cerebro humano en tiempo real. Las formas más avanzadas en la actualidad son la electroencefalografía tridimensional, que usa modelos matemáticos; la más conocida tomografía por emisión de positrones (PET); la nueva RMF (resonancia magnética funcional), que muestra los patrones del flujo sanguíneo cerebral; la ERM (espectroscopia por resonancia magnética), que mide los cambios bioquímicos en el cerebro; y por último la más nueva todavía PET, para la localización de genes/ PET para la localización de sondas. Esta última técnica, que por el momento se ha utilizado en animales y en unos pocos niños gravemente enfermos, localiza y rastrea la actividad de unos genes concretos. En una pantalla de escáner aparecen los genes iluminándose en el interior del cerebro.

Ahora, estos dispositivos parecen muy avanzados. Sin embargo, dentro de diez años tal vez se nos antojen primitivos si los comparamos con las nuevas ventanas que se habrán descubierto en el interior del cerebro.

Las técnicas de exploración cerebral por la imagen se crearon con fines de diagnosis médica, pero su importancia rebasa el ámbito de la medicina, ya que acaso confirmen, de manera demasiado tajante para admitir discrepancias, ciertas teorías sobre “la mente”, “el yo”, “el alma” y “el libre albedrío”. Todas estas comillas escépticas bastan para poner en guardia a cualquiera, pero el Supremo Escepticismo forma parte del radiante amanecer de que se habla en este libro.

WILSON Y LA SOCIOBIOLOGÍA

La neurociencia, que es la ciencia del cerebro y del sistema nervioso central, está a un paso de llegar a una teoría unificada cuyo impacto será tan grande como el del darwinismo hace cien años. De hecho –comenta Tom Wolf- ya hay un nuevo Darwin, o quizá debería decir un Darwin redivivo, pues nadie ha creído más fervorosamente en Darwin que él. Su nombre es Edward O. Wilson, que ha creado y rebautizado el nuevo campo de la sociobiología, cuya premisa básica resumen en una sola frase. Al nacer, dice, el cerebro no es una pizarra en blanco (una tabula rasa) a la espera de ser llenada por la experiencia, sino “un negativo expuesto a la espera de lo que lo sumerjan en el revelador”. La foto resultante es la historia genética del individuo durante miles de años de evolución y nadie puede hacer gran cosa al respecto.

Según Wilson, la genética no se limita a determinar el temperamento, las preferencias, las reacciones emocionales y los niveles de agresividad; también condiciona muchas de nuestras veneradas elecciones morales, que de hecho no son elecciones desde el punto de vista del libre albedrío, sino tendencias grabadas en el hipotálamo y en las regiones límbicas del cerebro.

La generación más joven da un paso más. Puesto que la conciencia y el pensamiento son productos enteramente físicos –y que el cerebro está totalmente configurado en el momento del nacimiento-, ¿qué nos induce a creer que tenemos libre albedrío? ¿De dónde saldría este último? ¿Qué “fantasma”, qué “mente”, qué ”yo”, qué “alma”, qué cosa capaz de escapar a estas comillas desdeñosas emergerá por el tronco cerebral para otorgarnos el libre albedrío?

Según he oído especular a algunos neurocientíficos –añade Wolfe- , si contáramos con ordenadores lo bastante potentes y avanzados sería posible predecir el curso de la vida de cualquier ser humano, minuto a minuto. Desde los últimos años de la década de los setenta, ha aumentado de manera sorprendente el número de estudiantes que elige la neurociencia como carrera. La Sociedad para la Neurociencia se fundó en 1970 con 1.100 miembros. Hoy, una generación después, cuenta con 26.000 miembros. El último congreso de esta asociación congregó a 23.052 especialistas, lo que le convirtió en una de las convenciones profesionales más concurridas de los Estados Unidos.

DE LA FILOSOFÍA AL LABORATORIO

En el venerable campo de la filosofía académica, un embarazoso número de profesores está desertando para subirse al tren de la neurociencia. Se dirigen a los laboratorios. ¿Por qué bregar con los conceptos de Dios, Libertad e Inmortalidad de Kant cuando la neurociencia, quizá a través de las técnicas de por la imagen, pronto nos revelará el mecanismo físico responsable de estas construcciones mentales, estas ilusiones?

La visión de Nietzsche de la culpa es la misma que la de los neurocientíficos de un siglo después. Estos últimos consideran que la culpa es una de las tendencias grabadas en la mente ya desde el nacimiento. En algunas personas, el trabajo genético no está completo y cometen actos delictivos sin sentir el menor remordimiento, lo que intriga a los criminólogos y les insta a crear Iniciativas sobre la Violencia y a pronunciar conferencias sobre el tema.

Netzsche dijo que la humanidad avanzaría a trancas y barrancas por el siglo XX, guiada por la “miseria” del viejo y decadente código moral fundado en la idea de Dios. En el siglo XXI, no obstante, llegaría un período más pavoroso que el de las guerras mundiales, una época de “transvaloración de todos los valores” (La voluntad de poder). Los actuales veteranos, como el propio Wilson, Daniel C. Dennett (autor de La peligrosa idea de Darwin: evolución y significación de la vida) y Richard Dawkins (autor de El gen egoísta y El relojero ciego), insisten en que no hay nada que temer de la verdad, o de las últimas consecuencias de la peligrosa teoría de Darwin, y explican por qué la neurociencia no menoscabará en absoluto la riqueza de la vida, la magia del arte, la legitimidad de las causas políticas, incluyendo, por si resultara necesario añadirlo, la corrección política en Harvard y Tufts, donde Dennett es director del Centro para Estudios Cognitivos, ni de Oxford, donde Dawkins ejerce el cargo de profesor de Comprensión Pública de la Ciencia (Dennett y Dawkins, como Wilson, son políticamente correctos hasta la médula).

Sin embargo, y pese a sus esfuerzos, la neurociencia no emerge a la opinión pública con el beneplácito del mundo académico. Pero emerger, emerge, y con rapidez. La gente cuya vida discurre al otro lado de las paredes de los laboratorios llega a la siguiente conclusión: ¡Todo está amañado! ¡Todos estamos programados! Y como colofón: ¡La culpa no es mía! ¡Me han programado mal!

Este súbito salto desde la fe en Cultura, entendida como los condicionamientos sociales, a la fe en Natura, entendida como la genética y la fisiología cerebral, es el enorme suceso intelectual del siglo XXI, para usar la frase de Nietzsche. Hasta el momento, las dos ideas más influyentes del siglo han sido el marxismo y el freudismo. Ambas se basan en la premisa de que los seres humanos y sus “ideales” –Marx y Freud también eran versados en comillas- estaban modelados por el entorno. A mediados de los ochenta, los neurocientíficos contemplaban ya el psicoanálisis freudiano como una reliquia del pasado, basada sobre todo en supersticiones (como el análisis de los sueños, ¡el análisis de los sueños!), igual que la frenología o el mesmerismo.

De hecho, en la actualidad la frenología goza de mejor reputación entre los neurocientíficos que la psicología freudiana, pues cabría considerarla como un burdo precursor de la electroencefalografía. La imagen que tienen ahora los psicoanalistas freudianos es de unos curanderos con títulos médicos fraudulentos, contratados por personas con más dinero que sentido común que sólo necesitan que alguien las escuche.

El marxismo terminó de una manera más repentina-en un solo año, 1973)-, con la furtiva retirada de la Unión Soviética y la publicación en Francia del primero de los tres volúmenes de Archipiélago Gulag, de Alexander Solzhenitsyn, donde se explica con datos documentados cómo el Partido Comunista Soviético exterminó a millones de personas, a sus enemigos reales e imaginarios. El 9 de noviembre de 1989, la caída del Muro de Berlín demostró los desastrosos resultados del experimento socialista soviético.

En el año 2010 o 2030, un nuevo Nietzsche anunciará: “El yo ha muerto”. Aunque si tiene una vena poética, como la tenía Nietzsche, probablemente dirá: “El alma ha muerto”.

BIBLIOGRAFÍA

-Tom Wolfe (2001): El periodismo canalla y otros artículos, Ediciones B., S.A. Barcelona.




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